Utopías y Disidencias

2012-10-09

La utopía disidente.

Apuntes para la obra reciente de Pedro Pablo Oliva

(fragmentos)

por David Horta

Utopías y disidencias articula en un mismo cuerpo las dos últimas series de dibujos de Pedro Pablo Oliva. Ellas establecen su demarcación simbólica en zonas particularmente sensibles de la realidad cubana actual y sus imaginarios, rasgo que, junto al prolijo artificio de una morfología muy particular, continúa delineando la parcela más sobresaliente de un itinerario creativo que ya recorre cuatro décadas. En esta ocasión la mirada de Oliva, como siempre explayada hacia el escenario sociopolítico compartido, se asienta sin embargo en experiencias estrictamente personales, de profunda conmoción afectiva y moral, sobrevenidas de manera casi simultánea a la creación de las imágenes. Dichas vivencias, ya trasuntadas en la obra, parecen manifestarse en la forma de un cisma al interior de su cosmovisión, fractura que bien pudiéramos llamar crisis de fe, de no ser porque hace rato para el artista la única verdad y la única fe posibles son las que se deslíen en proporción idéntica con la metamorfosis y la duda.

El “cronista de su tiempo” ya no sólo observa, medita y reseña, encarnado en sus personajes, lo que acontece a su alrededor. En estos nuevos interlocutores se ve a sí mismo a la vez desgajado y emplazado, como un anacoreta loco pivotando en el margen, pero con sus estrafalarias cavilaciones afincadas en el epicentro del torbellino social que se cierne sobre él. Por un lado, este enfoque se hace patente en la frugalidad y concentración de los elementos gráficos, creando una atmósfera casi ascética de intimidad y recogimiento que contrasta con la habitual exuberancia de fragmentos y relaciones con que Oliva pone en contrapunto los motivos y actores más diversos, haciéndolos converger en sus instantáneas sociales. Por el otro, el artista voyeur se pone ahora al centro del escenario, su doble le hace preguntas que él mismo no acierta a comprender, pone en su boca pronunciamientos desquiciados, y esa tensión del lenguaje deja en suspenso cualquier hermenéutica posible.

En esta serie, como en pocas obras anteriores, se pone de manifiesto la ascendencia de la historieta, la caricatura y el humor gráfico cubano en general sobre el modus fascendi de Oliva. Las “viñetas” de Utopías y disidencias, mezclan el ingenio y la natural elocuencia de la sabiduría callejera con una cierta épica vernácula, personificada en las tribulaciones intelectuales de esas celebridades anónimas que son Pascual y Angulo, hijos de la chanza y el desparpajo puestos a barruntar sobre cosas trascendentes. A estos se suman Utopito y El Disidente, quizás dos avatares del alter ego del artista, pero que en determinadas circunstancias pueden ser, indistintamente, cualquiera de nosotros; o mejor aún, que se juntan, como los hemisferios de un mismo cerebro, como órganos vinculantes de un mismo cuerpo social, tal y como se juntan el sueño y la rebelión. Tales portentos, que aunque disparatadamente, piensan demasiado “en serio” para ser una mera broma, guardan un fuerte parentesco espiritual con el  Bobo de Abela, el Loquito de Nuez o, quizás más cercano en sus vislumbres, con el Salomón de Chago, allí donde el humor, y su variante laxa, el choteo, pasan de ser un mecanismo de autodefensa psicológica contra la impiedad, la ignorancia, la frustración o la impotencia, para convertirse en un arma de subversión simbólica del status quo o un tipo peculiar de mayéutica para escudriñar amenamente en las más intrincadas cuestiones filosóficas.

Pero en su argamasa formal y conceptual, esta serie pudiera considerarse ante todo heredera de otras anteriores del propio Oliva, como Los consejos de Mamá (1990) o Alegrías y tristezas del Malecón (2006). De la primera toma los fondos negros, los personajes solitarios y alucinados, embaucados en rituales absurdos y vistos como a través de claraboyas, fotogramas de un filme o viñetas, así como los suplementos verbales a modo de aforismos moralizantes venidos de la voz popular. La segunda estuvo inspirada en la extravagante idea de que el Malecón de La Habana es, según dijera entonces el propio artista, “el lugar más democrático de Cuba”, especie de zona franca para la confluencia y contaminación gozosa de las expresiones y el desencadenamiento de los eventos más dispares y hasta antagónicos. El Malecón, lugar también para el sueño y la memoria atizados por el mar crepuscular habanero, para el encuentro del individuo consigo mismo y con las multitudes, compone para el artista una muestra sintomática del rico acervo sociológico y simbólico de la nación,  en un pronunciamiento asaz optimista acerca de la posibilidad –y la necesidad- de la tolerancia como valor aglutinante del cemento social. Marchas patrióticas, protestas, migraciones, tribuna antimperialista, sección de intereses americanos, trovadores, policías, jineteras, amantes, deportistas, travestis, vendedores de maní y de estupefacientes, mercaderes de poesías y de sexo, bañistas, artistas y pescadores, todos se dan cita para el gran carnaval, la conga que no sabe adónde va pero que va arrollando y no se detiene. Este pertinaz desfile del mar y del malecón -roca salvadora y muro de las lamentaciones- continúa en algunos dibujos de Utopías.., si bien el aquí y ahora se eclipsan, se está en todas partes y en ningún lugar, una ubicuidad solo aprehendida por las olas que acosan por doquier o la cerrazón gris de la “nada cotidiana”.  

Los fondos sombríos, las piedras como espadas de Damocles, islas o abismos, los mares crispados o los habitáculos herméticos a la manera de estancias baconianas, componen una especie de peripatética insular, el u-topos sobre el que asoman estos esperpentos solitarios y penitentes que flotan o se hunden, reflexionan, vacilan y deliran en su búsqueda –infructuosa- de certidumbres. Esta metafísica de la crisis lleva también reminiscencias de aquel aquelarre subterráneo de luces y sombras hermanadas que es El Gran Apagón (1994), crónica de otra apagada vicisitud, la de los difíciles años 90, y parto de una nueva utopía de cambios, la que entonces sobrevino al colapso del llamado “socialismo real” y que hasta hoy parece que no termina de cristalizar.  Quizás por ello tengo la impresión de que la habitual pátina de simpatía y mesura con que arropa Oliva sus temas más espinosos, relativizándolos, que es decir humanizándolos, cambia ligeramente de tono en Utopías…, cuando la palabra no esclarece, la ingenuidad roza el cinismo y la ternura se aproxima a la compasión.

 La verticalidad de las piezas y del esquema compositivo general acentúa la sensación de riesgo, conflicto y precariedad de equilibrio que configura hoy la perspectiva del artista en su mirada a lo social, a tenor de intensas vivencias  e inquietudes que le hostigan. La perplejidad de cara al futuro, y un más lacerante dilema en torno al pasado, el peso de la propia responsabilidad moral ante lo dicho y hecho frente a la ingravidez de la gran Historia, pero más aún la pulsión de lo por hacer, las consecuencias de disentir a contracorriente del consenso, el lastre del cuestionamiento social y la soledad del poder, han llegado a convertirse en leitmotiv de la obra reciente de Oliva, textos  cuyo sentido evade todo desciframiento y cuyo volumen la vida no parece atenuar. Y sin embargo, reconsiderando en su integridad la serie, en el fondo puede llegar a gravitar otra sensación más edificante, la de que el extravío de estas proposiciones y la apariencia enajenada de estas imágenes, lejos de insinuar el sinsentido de nuestras vidas –en un giro entre agnóstico y apocalíptico improbable en un artista como Oliva, con todo y sus proverbiales ironía y ambigüedad- más bien nos previene contra el acomodo de las respuestas fáciles, cuando aún no hemos reunido el coraje de hacer las preguntas más difíciles.