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Confesiones de viaje

2014-09-06

No soy viajero. Confieso que me cuesta trabajo partir.

Hay algo que pierdo en cada camino y que me asusta en cada regreso. Me acostumbré, sin miedo, a contemplar los flamboyanes y las blancas mosaendras. Confieso que me resultan menos asombrosos y más cansones los trillos y las avenidas.

Los años cada día se pegan duro a mis pies. Y añoran, tal vez, echar raíces como los árboles.

Unos amigos me piden vernos después de 15 ó 20 años, y llego sudoroso al aeropuerto de Miami. A la mano, el abrazo y la sonrisa. Los viejos recuerdos, las torpezas y la muchacha que amé. El amigo que me traicionó. El cariño de unos ojos que vuelan sobre los hombros y el beso tierno de una historia que solo queda entre dos. Me abrieron su casa amigos, sin odios, ni miedos.

Cada día me preguntan por mi país, por el nuestro. ¿Cómo explicarles que no sé, que no veo caminos en los que confiar?

Desgarrado de proyectos y de sueños, vengo con la historia en mi solapa. Sin grados, ni uniformes. Con noticias buenas y malas que hablan de la palabra cercenada y de un país inmerso en un desorden, intentando organizarse como un enorme rompecabezas que no acaba de narrar su historia.

Me entristece que el color de cada mañana tome matiz verde olivo, como si fuese el único y permanente color. Sigo soñando con un país que mañana tendrá que ser multicolor, no por decreto, sino por derecho. Después, el obligado viaje. Nueva York siempre me asusta. Me duelen los riñones y de mi mano derecha intenta escaparse tontamente un colibrí.

Confieso que lloro en los ojos de mi hija Silvia oyendo la brisa en un árbol intensamente rojo del Parque Central, y que se escapan de las dos jaulas de mi rostro las ardillas de alguna historia de niñez.

De nuevo me veo descubriendo a Magritte, olfateando a Picasso y atormentándome con Van Gogh. David enmudece asustado, y Mary me mira con su pelo rojizo y lleno de caracolillos.

Hay dos fuentes enormes que lloran en Nueva York y un árbol que sobrevive cada mañana.

Tengo frío. Confieso que debo partir, reconozco que no soy viajero. Pero regreso con un nudo en la garganta.

Hay en casa otra fuente mucho más grande que espera por mí entre las dos orillas.