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Confesiones de Pedro Pablo Oliva | Pedro Pablo Oliva

Confesiones de Pedro Pablo Oliva

Celso Rodríguez

Revista Cuba

Me gustan los niños. No me dejan dormir ni trabajar, pero me hacen feliz. Un día abrí una puerta y descubrí que tenía cinco hijos. Llegaban misteriosamente cada vez que notaba que mi mujer empezaba a convertirse en una loma. Una se llama Silvia, la otra Leonora; esas son de Araceli, Pablito, de Mari. Penélope y Azul, de Yamilia.

Perdí a mi padre cuando tenía seis años, pero la vida me compensó haciendo vivir a mi madre hasta los 100.
Me place caminar y recorrer mi ciudad, saludar a mis amigos y disfrutar de la lluvia, aunque desde hace un tiempo todo se me atropella, y la angustia del reloj me encierra mucho más en casa.

No me gusta viajar. Prefiero el sonido del viento al ruido terrible de los aeropuertos. Tampoco hablar mucho. Tengo un terrible miedo escénico. Le temo a los grupos….., traumas de infancia, supongo.

Pero sí me gustan los sitios donde los criterios son diferentes. La monotonía de una idea colorida me aburre sobremanera, aunque se tenga la razón. Es decir, donde veo mucho violeta, intento colocar una naranja. Al final se reafirman y ayudan; los opuestos son necesarios. La luz trae a su opuesto, la sombra. Después de la humedad aparece lo seco. Todo tiene que expresarse. Es un extraño pero necesario ritmo. Intentar anularlo es no entender la unidad del hombre con su origen. Y yo trato siempre de descubrir en la naturaleza lo mejor del comportamiento humano.

Tomo un poco de vino en las comidas. No fumo, ni tomo café; pero tengo otros vicios que me liberan de la horrible pureza.

Tengo en casa un proyecto en casa que intento sea lo más abierto del mundo. Eso me da alegría.
Como todo hombre, necesito un poco de soledad, ese sitio es donde uno conversa con uno mismo y donde uno se encuentra o se pierde.

Tengo un enorme pánico al espacio en blanco. Tanto me aterra que comienzo a pintar oscureciendo totalmente la tela; algo así como si arrastrara en el proceso de creación el origen de la vida.

Los naranjos tienen un encanto especial en mi vida. Me vieron nacer, amar, y tal vez, me vean morir. Me persiguen, por suerte, con su aroma y sus frutos, y milagrosamente no cesan de adornar mi patio.
Tengo amigos de pensamientos diferentes que respeto y quiero.

Amo a mi país y mi ciudad tanto como para no dejar que la toquen otras manos que no sean las mías.
Amo el vuelo de una mariposa y un zunzún, comparables solo con la innata naturaleza del hombre por expresarse.

Creo mucho más en el hombre cotidiano y menos en los dioses. Una lagartija que me mira me dice que todo es posible, hasta que llueva sobre la lluvia.

Nunca he soportado ser guía de nada, ni mito de este mundo. Prefiero el silencio y la paz del hogar.
Cuando alguien me indica un camino una voz interior me dice que mire hacia otros lados.
Uso los zapatos un número mayor del que llevo; hasta ahí necesito sentirme suelto.
He amado mucho, si un día cesara de amar, moriría de tristeza.

Si algún epitafio quisiera en el sitio donde irán a reposar mis huesos, es aquel que escribí hace años y que coloqué a la entrada de la casa donde vivía: “se arreglan sueños y esperanzas (sin garantía)”.