Hablando de Utopías

por David Horta Pimentel

Palabras para la exposición Utopías y Disidencias

Fue hace casi veinte años atrás, en la cresta de una traumática ola de cambios a nivel planetario y en medio de una de las más agudas crisis económicas y sociales que ha enfrentado el pueblo cubano en el último medio siglo, que Pedro Pablo Oliva hizo su última muestra personal en su ciudad natal. Contaba esta con un único y monumental lienzo pintado al óleo, para el que hubo que clausurar una de las puertas de la primera sala del Centro de Artes Visuales en Pinar del Río, a unos pocos metros del que es hoy su estudio. Allí se creó una pared provisoria donde, totalmente a oscuras y guiada por una anémica constelación de mecheros, una horda de espectadores tuvo el privilegio de entrar por primera y única vez en la atmósfera originalmente concebida por Oliva para el despliegue de su ya antológico El Gran Apagón (1994). Esta alucinada visión de la Cuba cotidiana, como vista a través del corte transversal de uno de aquellos miles de refugios subterráneos que se construyeron por toda la isla tras la caída del bloque socialista europeo, parece evocar y combinar el arte de grandes brujos como El Bosco, Brueghel, el Lam de El tercer mundo o el Picasso del Guernica. Y efectivamente, por entonces alguien lo comparó con este último, y el alias quedó: el Guernica de Cuba. Una comparación que el artista acepta a medias, con guiño complaciente al tiempo que la refuta corrigiendo su sentido con un énfasis que vale la pena reseñar. La apocalíptica magnus opus picassiana es en gran medida la confirmación del absurdo, el horror y la muerte que coronaron la utopía de la vanguardia y la modernidad. Aunque igualmente distópico, el apagón de Oliva, a medio camino entre la tragedia y la comedia, nace de una incertidumbre menos anclada en la impugnación de un mundo viejo que en las nuevas preguntas que incita su derrumbe, y en ese sentido es una apuesta por el futuro. El dolor de su parto nace de una fe invencible en el cambio, que es decir en la vida. Si Guernica testimonia el colapso de la razón, su émulo cubano muestra que aún se puede luchar por encontrar razón y luz propias en el más oscuro de los túneles, y que si esa luz es necesaria, lo es porque nos obliga a mirarnos a nosotros mismos con la misma desnudez con que nos conminaba el Pablo español.

Utopías y disidencias, la serie en la que Pedro Pablo Oliva trabaja desde el año 2011, quiere celebrar el vigésimo cumpleaños de esa obra medular que es El Gran Apagón, además de 65 años de vida de su autor y 45 de trayectoria creativa. En cierto modo, estos dibujos, pinturas e instalaciones cierran un círculo de incesantes pesquisas en torno a nuestra circunstancia política, social y cultural abierto por el artista con sus “series negras” en el primer lustro de los años ’90 (Medallas, Navegantes, Los consejos de mamá y Refugios, entre otras), para las que Utopías y disidencias viene a ser algo así como un epílogo.

Diríase también que la serie supone un retorno, en forma y espíritu, a las fuentes primordiales: el comic, la caricatura y la crónica gráfica, que excitaron la sensibilidad del adolescente Oliva, allá por los años 60 del pasado siglo, llevándole a matricular en la Escuela Profesional de Arte de Pinar del Río, donde comenzaría a forjarse el extraordinario dibujante y pintor que hoy conocemos. Si bien el legado de aquella afición temprana puede rastrearse en evidencias diseminadas por su obra a lo largo de más de cuatro décadas, en Utopías… se hace patente de forma especial. Contrario a la profusión de formas, colores y motivos prolijamente tramados que se ha hecho habitual en sus trabajos más sobresalientes, aquí se busca articular un mensaje más directo y compacto, guiado quizás por una urgencia de formular ideas y comunicarlas sin excesivas mediaciones, tal y como se manifiestan en un relampagueo intuitivo, más que como resultado de la paciente erosión del espíritu.

Oliva obtiene así, en la parcela más amplia de la serie, una economía visual efecto de la drástica reduc-ción cromática, la síntesis figurativa y el contraste del fondo homogéneo con la ductilidad y consistencia de la línea, a las que se unen el uso explícito y deliberado de diálogos, globos de texto y otras convenciones del comic. Enalgunaspiezas el artista emplea objetos, la yuxtaposición de manchas de color y un procedimiento análogo al de las asociaciones libres (como en la subserie Los fantasmas de la utopía) para crear juegos compositivos y figurativos sugerentes, pero cuya función primordial es, de conjunto, siempre alegórica. En otras se abandona a divertidas maniobras conceptuales, como en la “acción” Ya tengo la luz, ahora lo que me falta es el camino, la animación Tranquilo Pascual, son sólo peces (con una versión sobre lienzo) y la enigmática Sin título (Homenaje a Jasper Johns). Pero acaso lo más singular de la serie consista en la aparición de un personaje-saga, portavoz imaginario del artista, el cual pudiera inscribirse en una tradición donde el Bobo de Abela, el Loquito de René de la Nuez, el Salomón de Chago Armada o el Rabín-Da-Ná (1997-1998) del propio Oliva, fungen como antecedentes y padres espirituales.

Utopito es una especie de contra-arquetipo de cubano finisecular, sujeto moderno hijo del siglo de las grandes utopías y megarrelatos ideológicos que le vieron nacer y le formaron, mientras soñaba mansamente cobijado en su isla, y que entra al siglo XXI trayendo consigo un amasijo de recuerdos, (des)ilusión y muchas dudas. De vuelta de aquel sueño fundacional, las palabras ya no descifran ni inflaman, pues han perdido lustre y nitidez, mientras la realidad se empecina en no dejarse domesticar y la Historia se revela como una fábula más. Sin embargo, Utopito no se resigna ni abandona el arduo ejercicio de deliberar, comprender y transformar. Armado de esa mezcla casi improbable de ternura y lirismo con humor perspicaz tan típicamente oliviana, mira en derredor, buscando respuestas y un nuevo camino. Para ello se exprime el cerebro para un extraño y doloroso análisis de conciencia, porque “en tiempos de remiendos (…) más vale tener limpias las alas”

Pascual y Angulo, los sidekicks de Utopito, a quienes Oliva llama sus “lugartenientes” y que secundan las atribuladas cavilaciones del antihéroe, hacen homenaje al acervo popular cubano, una tradición que encuentra en el humor de la sátira, el absurdo y el doble sentido un afluente donde canalizar toda su sapiencia. A través de sus juegos, interrogatorios y réplicas sin ton ni son, Oliva da expresión a todo su desconcierto ante la inconsecuencia de la memoria, la inconsistencia de los ideales, el alto precio que debemos pagar por ser diferentes y estar despiertos, y en fin, a esa mirada crítica que permea todos sus desvelos cotidianos. No en balde el artista encuentra su remate, y también su némesis en el vapuleado y melancólico personaje de El Disidente, ese otro yo que lo completa y le despierta del letargo de la razón, que son la fe y la certidumbre absolutas, solo para extraviarse, corregir el rumbo y encontrarse de nuevo. A fin de cuentas, hacerse preguntas y disentir de lo establecido y hasta de sí, en el arte tanto como en la política y en la vida misma, son los más claros indicios de que todavía conservamos intacta nuestra capacidad para volver a soñar, una y otra vez.

Pinar del Río, CUBA, 2014