La Isla de las estampas

por Leonora Oliva Saínz

Catálogo exposición Rostros de una Isla, Galería de Arte Cubano Artemorfosis, Zúrich, 2016.

Cuando en el año 2006 se anunciaba a Pedro Pablo Oliva como ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas[1] nadie resultó sorprendido. Como declaró David Mateo, fue este “un premio de consenso público”[2]. Y es que la obra de Oliva es, sin lugar a dudas, uno de los más grandes exponentes de las artes visuales en la Isla; el trascendental otorgamiento no supuso entonces la consagración, que hacía varios lustros ya estaba asegurada por dicho “consenso público”, sino apenas una reafirmación del aporte substancial que constituye la obra de este creador y su lugar preeminente en la Historia del Arte Cubano.

El quehacer de Pedro Pablo Oliva ha estado marcado por el espíritu de la llamada “generación de la esperanza cierta”, esa que inundó el campo artístico cubano durante la atribulada década de los años 70 del pasado siglo, en su mayoría moldeada –artística e ideológicamente- a finales de los años 60 en las aulas y talleres de la Escuela Nacional de Artes de Cubanacán, la primera de su tipo fundada por la aún joven Revolución cubana. Dicha formación académica, la composición de los claustros y una improbable mezcla de nostalgia y de proyección utópica, a las que se sumaba un cierto sentido de la urgencia que exhortaba a retomar y concretar el proyecto de búsqueda de una expresión idiosincrática de lo nacional, terminaron por acercar a muchos de estos artistas, en forma y espíritu, al proyecto de la primera modernidad cubana. Fueron años desbordados de lirismo e idealismo utópico disfrazados de realismo, plasmados en obras que ensalzaban la vida rural, los rostros anónimos del pueblo y la épica del hombre cotidiano, reivindicado simbólicamente por el poder revolucionario. Este imaginario y su tradición eran entonces ostentados, y defendidos, como elementos identitarios clave en la expresión de lo “esencial-cubano”.

La crítica cubana posterior ha considerado este período como una fase de tránsito afectada de pasividad creativa y oscurantismo ideológico, donde la canonización del legado de la modernidad, con su preponderancia de lo estético y su cúmulo de signos comunes, retardó la evolución de los conceptos artísticos y la consecuente inserción del arte cubano en las nuevas corrientes del arte posmoderno internacional. Sin embargo, si bien es cierto que una porción significativa en la nómina de artistas de los 70 se sumergió en el fundamentalismo político, el “idilio ideológico” y la exploración de la belleza desde lo meramente visual, también los es que otros reescribieron o superaron los preceptos de su generación a través de la fusión entre la indagación crítica en la cotidianidad, el espíritu vanguardista, y la noción de un arte con vocación y funciones de agente de cambio espiritual y social. Esta última idea, nacida del ímpetu revolucionario todavía palpable al inicio de la década, ha sido una de las máximas por la que se ha regido buena parte de la actividad creadora de Oliva, orientada a la autorreferencialidad, a la crónica social, a la exploración de las honduras luminosas y oscuras del ser humano, acosado por sus contradicciones, sus sueños y sus instintos y, en fin, a un discernimiento del mundo en la plasmación del misterio y la maravilla.

Oliva logra sintetizar la conmoción espiritual de una Cuba convulsa a partir de imágenes que resultan anagramas de lo cotidiano. Su propuesta artística nace del día a día, de la manera en que el hombre común aprehende las realidades y circunstancias que lo rodean. Es la suya una obra anecdótica, de mirada local, y precisamente en esta condición radica su universalidad. Pedro Pablo Oliva demanda del espectador el entendimiento de algo más que los aspectos formales de una imagen o los preceptos conceptuales de un credo o manifiesto creativo: reclama la indagación y comprensión de un contexto, de un escenario “otro” que, a más de ser en principio “exótico”, muestra una autenticidad sin igual en comparación con el resto del planeta, y está asimismo colmado de humanidad.

Sumergirse en el fascinante universo de Oliva, evocador del más genuino realismo mágico latinoamericano, es ahondar en la historia y la espiritualidad de un pueblo marcado por la frustración de su proyecto político, y que se afana en una redefinición de su identidad tanto a nivel teórico como en los espacios en los que la vida sucede. Atmósferas oscuras, reflejo de incertidumbres e inquietudes, personajes caricaturescos y ensimismados, se dan cita en el acervo de pinturas, dibujos y esculturas que el artista ha producido. Cada pieza cuenta una historia, una experiencia, un sentir al cual se apega el espectador, imbuido por la ternura que emana de estas obras.

Oliva ha forjado, en su casi medio siglo de incesante labor artística, un estilo inconfundible, una línea estética singular donde convergen el simbolismo, el bestiario y las atmósferas surreales de El Bosco, Odilon Redon, Goya y Lam, el expresionismo lírico de Rousseau, Chagall y Eduardo Abela o la prolijidad ornamental y el erotismo desbordado de Klimt, conciliados en una armonía que emula a los grandes maestros del arte universal. Combinando su desdén por el naturalismo figurativo con las maneras de la caricatura y el cómic, por medio de un dominio indiscutible de la composición, las líneas y las texturas, este industrioso pintor, dibujante y escultor procura una cosecha visual ecuménica y al mismo tiempo cubanísima, donde se percibe, además, la huella de aquellos artistas y profesores que a finales de la década del 60 le instruyeron e inspiraron. De ahí que las figuras en las obras de Pedro Pablo gocen al mismo tiempo de la delicadeza y la sensualidad concedidas por Servando Cabrera Moreno, el sarcasmo y la ironía propias de el Bobo, interlocutor insigne de Eduardo Abela, y la mirada irreverente, el gesto subversivo y el desvelo ético que solo Antonia Eiriz supo expresar descarnadamente.

Oliva gusta de concebir las obras a modo de relato, para el que define un protagonista, usualmente de mayor tamaño y ubicado en el centro de la composición. A veces, en balcones, vistos a través de ventanas, o encerrados en cubos baconianos, lo rodean personajes secundarios que aluden a aspectos concretos de la historia. Bajo el onirismo y el manto romántico que cubre la narrativa pictórica de Oliva aparecen individuos atormentados por la pasividad, encerrados en sí mismos, agobiados por un paisaje surreal que los acosa y victimiza. Hay un festival de símbolos sucediendo alrededor de ellos que mana del interior mismo, del retiro espiritual que penetran y que los lleva a distorsionar la realidad en función de reconstruir, desde el deseo o la memoria, el conflicto vivido. Así los rostros sombríos, las bestias alucinadas y los parajes ilusorios persisten a lo largo de la evolución del pintor, sumidos en una obsesión por el equilibrio y la levitación, metáfora de la búsqueda de la paz interior y del posicionamiento del hombre en el mundo.

En las obras de Pedro Pablo realizadas en los años 70’ –y en parte de su producción de la primera mitad de la década de los 80’- se distingue un lóbrego costumbrismo, de conjunto con el erotismo imprudente y ese sarcasmo exquisito que hasta hoy inquieta, porque desconcierta, a la “institucionalidad” de la isla, del mismo modo que a no pocos críticos. Por aquellos años las preocupaciones de Oliva giraban en torno eventos personales, a las memorias de su niñez, al acontecer diario del pueblo en el que nació, Pinar del Río, lugar al que regresó tras culminar sus estudios y sitio donde mantiene su residencia. Sobre aquellos papeles, cartulinas y lienzos, ejecutados con una paleta oscura de pincelada dura y suelta, aparecieron los primeros inquilinos de su imaginario. Al avanzar la década, la expresividad tosca y los ambientes amenazadores fueron desplazados brevemente por ensoñaciones pastoriles impregnadas de quietud y sosiego. La nostalgia, nacida del reencuentro con el entorno del pasado y la familia, atrajo la alegoría, atenuó la violencia del trazo y comenzaron entonces a despuntar los elementos caricaturescos que más tarde serán centrales en su obra de tono satírico y que, además, modelarán un inventario de motivos y un estilo propios.

Y es precisamente a partir de la conciliación entre el expresionismo y los ambientes bucólicos que Oliva define su propuesta estética. Gozan entonces sus obras de un horror atenuado que el artista utiliza, junto a un sinfín de elementos lúdicos, en función de conceder inocencia –que aquí significa ambivalencia- a su postura ante los conflictos más sibilinos. El artista propone un ejercicio crítico, colocando al hombre en la mira y explorando rasgos o actitudes negativas, o cuando menos contradictorias, del ser humano inmerso en dinámicas sociales defectuosas como el burocratismo, las convenciones sexuales, la manipulación política, la represión de la disconformidad, o el discurso ideológico de doble rasero, allí donde se revelan los complejos vínculos entre el ser humano, sus elecciones, su espacio y su tiempo.

Desde época muy temprana Pedro Pablo ha sentido una fascinación por la interpretación gráfica de los a menudo discordantes componentes morales, sociales e ideológicos inscritos en el individuo. Así, durante los años 70’ figuraron en sus lienzos encuentros secretos, pecados inconcebibles, leyendas pueblerinas y una multitud de personajes y bestias extraordinarios. Para el cambio de década comenzaron a definirse elementos que se volvieron recurrentes: seres alucinados, carpas de circo, teatros, marionetas grotescas, mecanismos de cuerda, juguetes estrambóticos… Obras como El bobo de los barquitos (1980), Almuerzo para una reina (1980), Estudio para un teatro (1983) o aquella serie titulada Noticias[3], encuentran origen en aquellos postulados que Oliva enunciara en 1984, en una de sus célebres “confesiones”:

“Asustarme al pensar que los circos con sus personajes clásicos se parecían a los personajes de la vida.

El mago que saca las cosas y no se sabe de dónde.

El que nos hace ver las cosas que no son realmente.

El equilibrista: que marcha por la vida sin tropiezos y todo le sale bien.

El trapecista: que por más disparates que comete nunca se cae.

El domador: que logra tener a los demás bajo su control a fuerza de hábito o violencia.

El payaso: ese que por caer bien y lograr sus objetivos hace reír a cualquiera.

Los espectadores.

Los que dirigen.

Los que cobran.”[4]

La crítica cubana ha sido hechizada por la postura antropológica desde la que Oliva analiza el contexto, y se inquieta, anhelosa, cuando el artista siente la necesidad de recrear eventos más personales. Algunos opinan que en esos momentos Pedro Pablo rescinde su vocación crítica e inhabilita su mirada de cronista consciente para volver a refugiarse en lo bucólico, bajo alguna pulsión que le dicta apagar su conciencia. Lo cierto es que activismo e intimismo son dos dimensiones de una misma entidad espiritual, que se va trasladando desde el más puro sentido analítico a la ensoñación y de vuelta, hasta llegar a fundirlos en la obra, del mismo modo en que se indefinen lo social y lo personal. Realidad mostrada a través de un filtro onírico, ensoñaciones que son reconstrucciones arbitrarias de eventos reales. En resumen, unas veces más razonadas y otras con un origen más inconsciente, las obras de Oliva rara vez responden a la producción indeliberada de imágenes; y cuando esto ocurre el artista, por medio de los títulos, dota de una historia al cúmulo de imágenes que se le escapó, arraigándolas a la cotidianidad, a la condición de crónica que tan bien él maneja.

Oliva ha dejado clara su preferencia por encontrar inspiración en el entorno que habita, ya sea que lo seduzca un conflicto social o una muchacha que pasa. Diríase que Oliva es un creador vernáculo, en el sentido de autóctono, que absorbe de Cuba hasta el elemento más enraizado y menos tangible. Las teorías políticas y filosóficas sobre el destino de la nación despiertan tanto entusiasmo él como los chismes provincianos, las fábulas y las leyendas. A la par de su obra considerada contestataria, ha discurrido, de la mano del humor y de la poesía, una visión del día a día del cubano, de vivencias y tormentos íntimos plasmados por el pincel con la misma magnificencia que ostentan aquellas otras piezas que avivan el morbo de los críticos. Así, mientras proliferaban las pesadillas distópicas de sus saturnos[5] y Refugios[6], aparecieron también los Sillones de mimbre[7] donde ocurrían declaraciones de amor o tiernas Penélopes esperaban, las Ventanas y Balcones[8], que abiertas o cerradas enmarcaron tanto tragedias sociales como pasiones fugaces, las figuras condenadas a vivir cargando enormes piedras, los artistas, modelos, extrañas muchachas sin nombre que dice Pedro Pablo haber amado alguna vez, y miles de historias más que fueron eternizadas en lienzos y cartulinas, ocurrieran en la punta de una colina o en una pequeña habitación habanera.

No es a partir de la evasión de temas que este hombre se protege. Es la sátira la pieza fundamental de la estrategia de Oliva para evitar dar opiniones directas o perderse en disertaciones infructuosas. Oliva explota la concepción que el cubano tiene sobre sí mismo: gozar de una capacidad excepcional de reírse de las desgracias, incluso de las propias. La metonimia y el absurdo sirven al artista de escudo protector, recurso utilizado sobre todo en aquellos trabajos que discurren sobre el devenir social de la nación. Pedro Pablo, desde su posición como creador, asume una actitud que solo en apariencia resulta infantil, ingenua, como si no comprendiera del todo lo que está representando, y es solo a través de un pulido humorismo que discursa sobre temas de corte social.

Las series Medallas y Condecoraciones, estuvieron inspiradas en un fenómeno nacional: el otorgamiento de distinciones diseñadas para reconocer moralmente los méritos obtenidos por un ciudadano en ciertas áreas[9]. En ambas Oliva denunció el sinsentido de la propaganda triunfalista del establishment cubano, así como su manía de acuñar convenciones para la percepción y el fomento de una “adecuada” conducta social, al tiempo que hace la vista gorda ante determinados comportamientos recriminables del ser humano, siempre y cuando afiancen o no comprometan directamente el status-quo. La auto-censura, el oportunismo, el arribismo, el tráfico de influencias, la corrupción y la simulación aparecen con regularidad en varias series del artista. Los consejos de mamá, por ejemplo, ofreció un punto de vista mucho más personal sobre estos procederes, inspirándose en aquellos proverbios y lecciones de vida que su madre le dejara como legado[10].

Los complementos verbales constituyen otro elemento de gran importancia en la obra de Pedro Pablo, quizá consecuencia de la fuerte influencia del cómic en su manera de hacer. Lo cierto es que, con la palabra escrita, Oliva añade nuevos puntos de inflexión formal y conceptual a sus piezas, llegando incluso en ocasiones a ser el texto el verdadero protagonista de la imagen. Series de años más recientes como Utopías y Disidencias o What? [11], explotan este recurso. En la primera aparecen personajes que revelan sus diálogos o pensamientos a través de singulares globos, como en la más pura historieta; en la segunda la pregunta que da título a la serie, What?, es la única locución que emiten insistentemente los personajes.

Tanto Utopías… como What? son series en las que Oliva lanza una mirada al pasado vivido, cuestionando los credos y aspiraciones de su generación. Pedro Pablo ha sido un hombre instruido dentro de los preceptos de la Revolución Cubana, y a lo largo de su vida se ha entendido a sí mismo como parte del proyecto político propuesto por el gobierno de Fidel Castro. Este no es un sentimiento exclusivamente personal: más bien corresponde a una dinámica social que compartieran sus coetáneos, los que sintieron un profundo compromiso social y por más de cuatro décadas participaron activamente del “proceso revolucionario” y de la construcción del “hombre nuevo”. Hoy, tras 57 años de Revolución, se reconocen como la némesis de lo que una vez fueron, una especie de “generación de la esperanza perdida”, abatidos por la desilusión, la incertidumbre y el cansancio. Así, a través de esta suerte de viñetas – las de Utopías y Disidencias con Utopito[12] como personaje central y What? sin un personaje protagónico definido- Oliva discurre entre los tormentos compartidos por este grupo de cubanos que intentan comprender qué ha sido de la propuesta social de la que fueron partícipes.

Nacidos como resaca de los cuestionamientos que acontecen en Utopías… acerca de a la fiabilidad de las ideologías, del poder político, del liderazgo y del heroísmo, se presenta un grupo de dibujos carentes de protagonista o referencias textuales que funciona a modo de complemento a la serie. Los extraños fantasmas de la utopía muestran a seres de apariencia espectral que se amontonan en una especie de limbo. Son ellos los ideales, las utopías, los delirios de los hombres que no lograron concreción y han quedado sumidos en la atemporalidad.

Desde la misma obra de Oliva puede entenderse cuándo y por qué el desencanto sumió a toda una generación de cubanos con respecto a las promesas de la Revolución Cubana. La angustia golpeó al finalizar la década de los 80, con el colapso del socialismo en Europa del Este. Cuba se vio envuelta en el caos, atravesando la crisis económica más grande que ha sufrido la nación, el llamado “Período Especial”.

Con Refugios, Pedro Pablo refirió la paranoia generalizada de aquellos años en medio de la extendida hambruna, los cortes eléctricos de hasta 12 horas y la incertidumbre, que llevó a tantas comunidades a agujerear los cimientos de las ciudades, por orden gubernamental, para construir galerías soterradas que protegieran a los habitantes ante la “inminente invasión del imperialismo americano”. El éxodo fue la otra postura asumida por el pueblo cubano ante la crisis, y la más triste consecuencia de ella. Miles de personas se lanzaron al mar para cruzar el Estrecho de la Florida en la búsqueda desesperada de otro sueño, el “sueño americano”. La inusual migración aparece en la serie Los Navegantes, tragicomedia oliviana que relata el ostracismo “voluntario” de estos individuos que se autodesterraron, asolados también por diferencias ideológicas, conflictos generacionales y presiones políticas generados tanto por el embargo económico de los Estados Unidos a la Isla, como por el accionar del gobierno cubano. Esta es una de los temas en los que más se ha extendido el artista, y al que Pedro Pablo vuelve en cada década, relatando con un humor siniestro, a la vez compasivo y cómplice, la desventura de estos improvisados navegantes.

Navegando en cajas de fósforos, frutas, tarjetas de racionamiento, o en cualquier otro artefacto, los protagonistas de la serie no se muestran como temerarios marineros, ni expresan ansiedad ante la aventura. Oliva los dibuja pasivos, despreocupados, enfrascados en un perpetuo avance; ninguno llega a tierra. La crítica cubana ve en la tranquilidad de los navegantes un mecanismo de defensa del artista que, junto a la utilización de elementos del absurdo, disminuye la carga dramática de las obras. Quizá esta fuera la intención de Pedro Pablo, quizá solo intentara reflejar la resignación de estos hombres que, al entrar al mar, sintieron que su suerte estaba echada. Es difícil conciliar el humor y la tragedia cuando implica la pérdida de cientos de vidas humanas, pero es así que esta serie produce una ambigüedad emocional insalvable en el espectador. Si bien las embarcaciones de los protagonistas han sido parodiadas por Oliva – homenaje a la inventiva de los azarosos nautas-, el humor en la serie está travesado por una irrefutable melancolía nacida de los infortunios de la empresa, y de entender que este “navegar” y las marejadas son también metáfora del transcurrir de estos duros años.

En la última década el artista ha retomado el tema, esta vez con un grupo de esculturas en bronce que mantienen el carácter alegórico y una especial simbiosis entre ironía y martirio. La Gran Carroza (2013) es un motivo extraído del una obra anterior, Veinte formas de navegar (1992), el enorme pez que transporta al Rey. Sin realizar esfuerzo alguno, el monarca hace a su pequeña corte responsable de la travesía sobre este animal marino a la deriva, que “avanza al revés” y en la boca lleva un eleggua[13]. Oliva llama la atención sobre como los tripulantes de la insólita barca viajan con los ojos cerrados, a excepción del Rey quien, bien despierto, vislumbra el camino.

Por su parte El Gran Viaje (2014) congrega a un grupo de personajes entre los que se reconoce a José Martí, Raúl Castro, un guajiro, un loco, un pintor y una pionera, navegando en una sombrilla. Para Oliva no es esta una embarcación cualquiera: esta es Cuba, el proyecto social, el pasado y el presente de la Isla que ha estado supeditado al vaivén del mar. Allí, justo en el borde del paraguas, se encuentra Fidel Castro con brazos abiertos –para algunos liderando la travesía, para otros disfrutando de ella-, ofreciendo el pecho a las vicisitudes del viaje.

Fidel Castro constituye una obsesión para Pedro Pablo Oliva, quien lo ha representado en incontables obras, llegando incluso a dedicarle una serie completa de retratos en los que explora la psicología de este hombre por medio de la deconstrucción de su carácter icónico[14]. Al trastocar la condición simbólica tradicional del Comandante, presenciamos un desdoblamiento del artista y del hombre común, aquel que vivió a la par del proyecto cubano, que maduró y envejeció junto a sus íconos y que, al transcurrir el tiempo, es víctima de un extrañamiento con respecto al futuro político de la nación y a aquella figura que liderara el proceso. Este atípico velo en el que ha envuelto el pintor a Fidel Castro excede los límites de la serie, así el Fidel de Oliva es un ser taciturno y ensimismado ya sea que esté sentado sonriente en un sillón de mimbre en el centro de la composición, o que haya sido relegado a un segundo plano en la esquina de un balcón.

Las obras que conforman La Isla de las estampas, corresponden a la faena del pintor desde el año 2013 hasta la actualidad. Es esta una selección minúscula de la cuantiosa producción artística de Oliva, que no detiene su actividad creadora ni por un segundo. A pesar de haber sido diagnosticado en el año 2010 con la enfermedad del Párkinson, Pedro Pablo no abandona sus lienzos ni sus cartulinas: se obsesiona cada vez más por el control de la línea, aferrándose a este acto que lo define. Tanto las esculturas como los dibujos exponen lo surreal del escenario cubano, con ese estilo paradigmático que este artista tiene de esbozar criaturas. La esencia de esta muestra se define en la propia visión que el artista tiene sobre su obra:

No sé cómo comenzaron a interesarme aquellos temas que tenían que ver con la vida cotidiana, con los hechos cotidianos, con la existencia pasajera y no menos bella de una mujer dormida sobre su cigarrillo. Acaso me empujó hacia ese abismo el espíritu de crítica que hicieron nacer en mí, frenaron, y de nuevo hicieron nacer en mí funcionarios y políticos. Acaso la ausencia de una contrapartida frente a los aplausos de que todo estaba bien, muy bien. Acaso, Antonia Eiriz, esa mujer que todavía vaga por La Habana señalando con su dedo el justo sitio de la encrucijada. Siempre he pensado, lo seguiré haciendo, que el hombre es expresión de la vida natural. La noche y el día se expresan, lo húmedo y lo seco, lo tierno y lo grotesco. El pensamiento opuesto también necesita expresarse. De esa batalla, de esa lucha de pensamientos y de ideas hermosas, solo trascenderá lo justo; y la verdad, temporal o eterna, se impondrá. ¿Molestarme a mí que sea recordado como un pintor costumbrista? Todo lo contrario, la vida sería extraordinariamente buena conmigo si dentro de dos, tres siglos… alguien me recordara, y no lo digo por falsa modestia. La vida decanta y permanecer es dado sólo a quien logra tener el encanto de una hoja pequeña de tamarindo. Lo único que sé, es que, dentro de dos, tres siglos… no estaré en casa, eso lo aseguro.”[15]

Leonora Oliva Saínz. Pinar del Río, 2016

[1] Máxima distinción que el Consejo Nacional de Artes Plásticas de Cuba (C.N.A.P., por sus siglas en español) otorga a un artista cubano vivo residente en la Isla por la obra de toda una vida.

[2] Mateo, David. Un premio de consenso público en La Gaceta de Cuba, La Habana, 2007.

[3] El bobo de los barquitos (1980), Almuerzo para una reina (1980), Noticias (1980), Estudio para un teatro (1983). Colección Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana.

[4] Oliva, Pedro Pablo. Pinturas, dibujos, bocetos y pasatiempos. Palabras al catálogo. La Habana, 1984.

[5] La serie Saturnalias, iniciada cerca de 1990, utiliza el mito del dios Saturno para discursar sobre fenómenos como el ostracismo y los conflictos generaciones en Cuba.

[6] La serie Refugios, iniciada cerca de 1991, representó a la sociedad cubana encerrada en las galerías soterradas que el gobierno cubano había orientado construir para proteger a los pobladores de una invasión estadounidense a la Isla. Colofón de la serie, El Gran Apagón (1994) es pieza insigne de la obra de Oliva y del Arte Cubano.

[7] Sillones de mimbre en una serie iniciada en 1983 que se extiende hasta la actualidad.

[8] Balcones es una serie iniciada en 1991 que se extiende hasta la actualidad

[9] El otorgamiento de distinciones es uno de los principales recursos que el gobierno de Cuba utiliza en función de destacar el desempeño profesional de un individuo, el servicio militar prestado o la “integridad político- ideológica”.

[10] Vale señalar que los “consejos” y “proverbios” que dan título a las obras de esta serie no se restringen a frases emitidas por Modesta Rodríguez, madre del artista. Esta ha sido una coartada trazada por Pedro Pablo Oliva: la mayoría provienen de su propia inventiva.

[11] Utopías y disidencias (2011-2016); What? (2015-2016)

[12] El nombre del personaje principal de la serie, “Utopito”, sería un forzado diminutivo del vocablo utopía, con el que Oliva descubre al personaje como “el pequeño utópico”. Constituye un juego de palabras en sí pues las últimas sílabas del nombre –pito- corresponde a uno de los términos populares que se utilizan en Cuban para referirse al pene.

[13] Elegua o Eleggua es una de las deidades del panteón yoruba, dueño de los caminos y del destino. Es él quien abre o cierra el camino a la felicidad.

[14] El Gran Abuelo, serie de retratos de Fidel Castro, iniciada en el año 2004, que busca comprender la dimensión humana del líder. Presenta a un Fidel reflexivo, filosófico, y en su aspecto más físico, avejentado.

[15] Oliva, Pedro Pablo. Entrevista para Opus Habana. La Habana, 1998