“Apuntes de Viajes”

2016-06-12

Es excitante viajar: marcar un destino, “hacer las maletas”, abrir la puerta y descubrirse a punto de ser abatidos por la rudeza del polvo del camino. Entonces, con simplemente un paso, iniciamos la aventura… <br/> Y es que la humanidad se ha hecho experta en esto del andar. Rutas de vuelo, barcos, carreteras… El hombre ha acortado las distancias y hoy 80 días son más que suficientes para recorrer el mundo. Esta extraordinaria capacidad del individuo moderno para alterar el espacio y el tiempo no es motivo de asombro: responde a la especialización de una práctica que llevamos realizando durante millones de años y que ha marcado profundamente nuestra existencia. <br/> El ser humano nació viajando. Huyendo de gélidos vientos y abrasadores suelos se modeló nuestro cuerpo y se definió una especie curiosa y expansiva. En la constante búsqueda de la fertilidad y el cobijo vagó durante millones de años por los viejos continentes hasta encontrar donde crear hogares y perpetuarse. Mas el hombre no pudo desligarse del deseo de ver que había tras el horizonte y así, exploró los caminos y ciudades que otros como él habían creado, estableció rutas en nombre del oro; y en nombre de la religión y la cultura realizó viajes de guerra y conquista. De esta manera sus andares esculpieron el mundo y abrieron ante a él una nueva dimensión del ser nacida de la trasmutación del sentido del viaje al llevarlo del mero descubrimiento de terrenos a un descubrimiento del propio hombre en las realidades y verdades que enfrentaba. A partir de la sublimación de este concepto, entendió su existencia como epopeya siendo el héroe viajero la humanidad misma, y encontró compañero fiel en la tinta y el papel, rodeándose de apuntes de lo visto y lo vivido donde se han perpetuado, además, las emociones que lo han abatido a lo largo de su desplazamiento temporal. <br/> El “viaje” vino a ser para el individuo un estado constante a partir del cual sucede la aprensión del mundo y la exploración del ser, y prácticamente ha obligado al hombre a una redefinición constante de sí mismo. Así, “viajero” resulta todo aquel que ha comprendido su existencia a partir de esta metonimia: clérigos, filósofos, historiadores… pero quizá el más curioso de ellos sea aquel que no utiliza la oralidad o las letras para narrar su aventura, y que a través de la imagen ha creado un peculiar cuaderno de bitácora donde se encierran verdades como en ninguna otra. Encontramos en el artista un viajero extraordinario, simbiosis perfecta entre creatividad y pensamiento que mira al mundo incesantemente y con caprichosa sensibilidad, maneja líneas y colores que eternizan percepciones, turbaciones, desasosiegos… Así se presenta Pedro Pablo Oliva quien peregrina acechado por imágenes para solo encontrar calma cuando se vuelca sobre el lienzo o el papel, y brotan entonces de sus manos un sinfín de personajes nacidos de la síntesis de historias, de recuerdos y de emociones. <br/> Oliva es un viajero singular a quien no le entusiasma viajar, al menos no en el sentido tradicional de la palabra. No disfruta los cambios de locación por mucho tiempo y rara vez ha hecho turismo. Si las circunstancias requieren un traslado, Oliva está pensando en el regreso a casa incluso antes de salir de ella. Podríamos decir que se trata de alguna fobia o utilizar toda una serie de eufemismos para justificar la brevedad de sus escapadas, pero la realidad es que este tipo de viaje no resulta lo suficientemente cautivador para él. Quizá sea el retorno lo que importa: volver cargando memorias e imágenes puede que sea para este hombre más satisfactorio que la aventura en sí. Lo que sí confirmo es que hay un viaje mucho más complejo sucediendo en él que transforma al viaje físico en simple atavío: una concepción de la existencia a partir de la epopeya homérica, donde Oliva se sabe protagonista y donde la vida es una odisea personal. <br/> Para Oliva viajar es un estado metafórico que lo lleva al constante escrutinio de escenarios. Nacen entonces las múltiples criaturas que plagan lienzos y cartulinas, constituidoras del inusitado periplo del artista. La línea y el color son su idioma, su gramática. Llegaron a Oliva a temprana edad cuando, en las historietas de Harold Foster y Chester Gould, descubrió a la imagen como más expresiva que a la palabra. Tras reconocer en el arte un medio para grabar memorias, inició un viaje que ha ido perpetuando en una vasta bitácora donde se hibridan pinturas, dibujos y esculturas, con meticulosidad digna del navegante de antaño -y su mirada asombrada y su capacidad de distorsionar visualmente el mundo. Cuando el aguarrás inunda el cuarto de trabajo comienza el lento fluir de discursos. El pincel se desliza y durante el largo período de tiempo que Oliva dedica al lienzo emergen personajes y elementos que van trenzando historias para hacer una crónica social y espiritual ya sea de la más simple de las aventuras o del más profundo de los conflictos. Sin embargo, a veces la ansiedad del creador procura un sorpresivo golpe y Oliva requiere de una manera más sencilla y accesible, para conservar la emoción inmediata. Es entonces cuando hace uso de pequeños recortes de cartulina que, a modo de cuadernillo lleva consigo a todas partes.<br/> “Lo primero que coloco en mis maletas cuando salgo de viaje son mis pequeñas cartulinas” ha dicho. “Tal vez olvide mis zapatos o mis medicinas, pero no así mi acuarela, mis tintas, mis lápices. Tengo la hermosa costumbre, en la soledad de una habitación de hotel, de no dormir sin terminar algún pequeño dibujo… o en cualquier reunión o sitio donde el tiempo no acaba de calmar mi ansiedad. Lo reconozco, es una obsesión.” Oliva no puede desligarse, no importa en qué rincón esté, de la creación de estampas. Hay un sobresalto en él, un ímpetu que lo avienta cada dos por tres sobre papeles donde aparecen dibujados entonces el transeúnte, el niño que saltaba en el parque, el pájaro, la lagartija del patio, o incluso el que no estuvo en aquel rincón de la ciudad pero que resulta complicación emocional del momento en que la mirada del artista pasó por allí. <br/> “Viajar no siempre se hace a un país lejano, sino también en el hogar mismo. Adoro mis viajes al sótano de la casa, al comedor, al cuarto donde dormito; viajo a los mercados, a la calle próxima o me voy en bicitaxi a recorrer la ciudad.” Así Oliva tuerce el concepto del viaje, despojándolo de toda arraigo físico o ley sobre distancias o tiempos. Viajar es sinónimo de descubrir, y ambas dejan de ser acciones exclusivas del trotamundos. Es un constante absorber del entorno, es una perenne búsqueda de verdades y realidades, es una imparable producción de viñetas.<br/> Son estos papeles que quedan a la deriva en aviones, cafeterías, o incluso en la sala de la casa los que Apuntes de Viajes reúne. No es esta una muestra con grandes pretensiones artísticas o formales. No debe esperar el espectador encontrar en las paredes grandes teorías o alguna innovadora propuesta estética. Estos dibujos responden a una práctica que ha devenido instintito en el artista, experimentaciones para un bestiario nacido de la irreflexión, ejercicios que Oliva se impone para mantener vivo el dominio de la línea. <br/> He aquí una mixtura de impresiones que se ha dibujado en los últimos años, un rastro que seguir, memorias que explorar. “Apuntes… son la conciencia y la inconciencia de lo que queda de estos viajes, de esas escapadas a lo interno. No son la clásica y tradicional constancia de lo que veo. Tal vez sea lo que me queda siempre: un amasijo de imágenes que me golpea.” <br/>

Leonora Oliva Sainz, crítico y curadora de arte